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Pastoral Letter: How shall we keep a Holy Lent this year?

Pastoral Letter
By: 
The Rt. Rev. Carlye J. Hughes, XI Bishop of Newark

To be read in all congregations of the diocese, or otherwise made available to all members by email or other distribution. To download a PDF of this Pastoral Letter in English and/or Spanish, click here.


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Feb. 25, 2021

Dear Companions on the Journey,

How shall we keep a Holy Lent this year? It will help to start with where we are right now.

In some ways, it feels as if Lent never ended last year. In March 2020, we entered the wilderness of pandemic. While we have grown accustomed to living with COVID19, we also carry the sorrow of so many lives lost, along with the loss of our way of life. It has been a hard year marked by tragic death, historic conflict, racial killings, economic upheaval, and the never-ending worry about the unknown.

Grief may be one of the most underestimated responses in this year of pandemic. At this writing 502,000 Americans have died of COVID19. So many funerals we could not attend. Countless memorial services waiting to be scheduled post-pandemic. We also grieve who we thought we were, a country of people who could unite and conquer any foe. Our nation’s inability to work together created a landscape of unnecessary death. Division has lengthened the time we have spent in the wilderness of pandemic, racial strife, economic distress, and political conflict.

Many of us are working or studying at home. Fortunately, many of us stayed well. We have been generous with ourselves and our resources to make sure others have food, friendship, and our prayers. We have learned how to volunteer from our living rooms. And those who are able, have run errands for those who cannot safely do so themselves. We are getting through this. We have adapted to pandemic and we are grieving.

Grief has become a defining characteristic of this time and we are slow to recognize its presence. We tend to say and believe we are “okay” if our life is safe and our family members are well. Yet, we are the body of Christ. We feel losses in the body because compassion is a defining characteristic of our faith. Compassion makes us wonder how others are doing, brings tears to our eyes when we know of suffering, motivates us to care beyond our tight circle of family and friends. Compassion makes us more like Jesus.

How are we to keep these forty days dedicated to God? We could start by bringing our authentic selves rather than an aspirational self into the presence of God. When Jesus heard of John the Baptist’s death, he went to a desolate place to be by himself (Matthew 14:13). Could it be that shock and sadness motivated him to be alone in sorrow and prayer? What happened in the short time that he travelled and arrived in a desolate place to restore his compassion for the crowd that soon followed? While we can imagine the scene, we cannot know for sure what took place in his time alone, but one thing is certain, Jesus was his authentic self.

Every year we are invited to observe a holy Lent. This year, I encourage you to bring your authentic self into Lenten observations. Your grief, gratefulness, sorrow, relief, anger, frustration, hopefulness, and all that is your response to this time are invited to observe Lent with you. The practices of Lent found in the Book of Common Prayer (p. 265) require facing the truths of this challenging time. While this is hard spiritual work, it is also freeing spiritual work. God loves us as we are and will not leave us stranded in wilderness or grief.

I know God is calling us to be a new kind of church for the future. A church that sees the hungry crowd in need of healing and is moved by compassion to respond the way Jesus did. Perhaps Lent in this long wilderness of pandemic is shaping us into authentic followers of Jesus Christ. Our sorrows and sighs may take us to a desolate place on the way to finding the promise of God’s healing and restoration.

You have my prayers for a holy and authentic Lent.

Grace and peace,
Bishop Hughes


25 de febrero de 2021

Queridos compañeros de camino:

¿Cómo debemos observar la Sagrada Cuaresma este año? Ayudaría comenzar con nuestra situación presente.

En algunos sentidos, parece que la Cuaresma nunca terminó el año pasado. En marzo de 2020, ingresamos en la tierra inhóspita de la pandemia. Aunque nos hemos acostumbrado a convivir con el COVID19, también seguimos cargados con el duelo de tantas vidas perdidas, y la pérdida de nuestro modo de vivir. Ha sido un año difícil marcado por la tragedia de la muerte, conflictos históricos, asesinatos con motivos raciales, trastornos económicos y la preocupación sin fin por el que será.

El duelo puede ser una de las respuestas más subestimadas en este año de pandemia. Al momento de escribir, 502.000 estadounidenses han muerto de COVID19. Tantos funerales a los que no pudimos asistir. Incontables memoriales que esperan ser planeadas para después de la pandemia. También nos angustiamos por quienes éramos, un país de gente que podía unirse para conquistar a cualquier enemigo. La incapacidad de nuestra nación para trabajar juntos creó un panorama de muertes innecesarias. La división ha alargado este tiempo que hemos pasado en la tierra inhóspita de la pandemia, el conflicto racial, la angustia económica y el conflicto político.

Muchos nos encontramos en casa trabajando o estudiando. Afortunadamente, muchos estamos bien. Hemos sido generosos con nosotros mismos y con nuestros recursos para asegurarnos de que los demás tengan alimento, amistad y nuestras oraciones. Hemos aprendido a hacer tareas voluntarias desde nuestras salas. Y los que pueden, han hecho encargos por los que se resguardan a caso de su salud. Todo lo estamos superando.

Nos hemos adaptado a la pandemia y estamos de duelo.

El duelo se ha convertido en una característica definitiva de esta época y somos lentos a reconocer su presencia. Tenemos la tendencia a decir que estamos “bien” si nuestra vida está a salvo y nuestros familiares están bien. Sin embargo, somos el cuerpo de Cristo. Sentimos pérdidas en el cuerpo porque la compasión es característica que define nuestra fe. La compasión nos hace preguntarnos cómo les está yendo a los demás, nos hace llorar al enterarnos del sufrimiento, nos motiva a preocuparnos más allá de nuestro círculo privado de familiares y amigos. La compasión nos hace asemejarnos más a Jesús.

¿Cómo vamos a observar estos cuarenta días dedicados a Dios? Podemos comenzar por traer ante la presencia de Dios a nuestro yo verdadero en lugar de lo que aspiramos ser.

Cuando Jesus se enteró de la muerte de Juan el Bautista, se apartó y fue a un lugar desierto y solitario (Mateo 14:13).

¿Es posible que el shock y la tristeza lo motivaron a estar a solas en angustia y oración? ¿Qué sucedió en el breve momento que fue y llegó a ese desierto que hizo restablecer su compasión por la multitud que pronto lo seguiría? Nos podemos imaginar la escena, pero no podemos saber con certeza lo que sucedió durante el tiempo de soledad, pero una cosa es cierta, Jesús era su yo auténtico.

Cada año somos invitados a observar una sagrada Cuaresma. Este año, los aliento a traer a su yo auténtico a las observaciones de la Cuaresma. Su dolor, agradecimiento, angustia, mejoría, enojo, frustración, esperanza y todo lo incluye su reacción a este momento, están invitados a observar la Cuaresma con usted. Las prácticas de la Cuaresma encontradas en el Libro de Oración Común (p.265) requieren enfrentarse a las verdades de esta difícil época. Si es duro trabajo espiritual, también es trabajo espiritual liberador. Dios nos ama como tal somos y no nos dejará desamparados en tierras inhóspitas o en el duelo.

Yo sé que Dios nos está llamando a ser un nuevo tipo de iglesia para el futuro. Una iglesia que percibe a la multitud hambrienta necesitada de sanación y es impulsada por compasión a responder de la misma manera en que lo hizo Jesús. Quizás la Cuaresma en este largo periodo inhóspito de la pandemia nos está convirtiendo en auténticos seguidores de Jesucristo.

Nuestro duelo y lamento nos pueden llevar a un lugar desolado en camino al encuentro con la promesa de sanación y restauración que nos hizo Dios.

Les ofrezco mis oraciones por una sagrada y auténtica Cuaresma.

Gracias y paz,
Obispa Hughes